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Guerrera de mil facetas

In Nicaragua, Stories on enero 31, 2013 at 12:45 pm

Brigadista de salud, partera, productora de café, y presidenta de cooperativas. Articulo publicado en el Nuevo Diario por Yader Luna, amigo de Tatzini.

Una mañana de diciembre de 1968, Rosa Emilia Gómez decidió abandonar su hogar en San Rafael del Norte para migrar en búsqueda de un lugar más pacífico. Estaba cansada de vivir en una zona de guerra.

Tenía 22 años cuando decidió renunciar a su trabajo en una hacienda cercana al cerro Yucapuca, zona donde combatió el general Augusto C. Sandino, a finales de los años 30 y, donde ella nació.

Vestida de pantalón, con sombrero y machete, y más entusiasmo que dinero se fue caminando sin rumbo. No anduvo mucho, le ofrecieron ser brigadista de salud en las comunidades de El Cuá, en el departamento de Jinotega. Lo que no imaginó al aceptar el trabajo, era que se iría a una zona mucho más conflictiva.

Meses antes, la Guardia somocista había torturado a 19 mujeres que fueron arrastradas desde sus ranchos por colaborar con los guerrilleros sandinistas. Eran las Mujeres del Cuá, y sus testimonios quedaron imortalizados en la canción compuesta por Carlos Mejía Godoy.

Como brigadista de salud, Rosa Emilia atendió enfermos, y partos, muchos partos. Calcula que ha atendido más de 3 mil durante toda su vida.

Recuerda que en los caseríos de El Cuá, permanecían trabajando las mujeres, mientras los hombres se iban a luchar contra la dictadura de Somoza.

“Fueron tiempos de mucha soledad”, dice, pero que también le permitieron ir buscando formas de sobrevivir sin necesitar a ningún hombre a su lado. Se hizo de carácter fuerte y con más disciplina.

Cuando triunfó la Revolución sandinista, le otorgaron 10 manzanas de tierra. Otras 10 mujeres de la comunidad recibieron el mismo título de propiedad. A ella le tocó una casa que había sido quemada por los guardias somocistas.

Pensó que había llegado la paz que salió buscando. Pero no fue así.

Poco tiempo después empezó a formarse la Contra en el Norte del país, y empezó una prolongada guerra civil que asoló Nicaragua durante la década de los 80 y que se calcula que dejó más de 150 mil víctimas, incluyendo muertos, discapacitados, viudas y huérfanos.

Rosa Emilia miraba pasar por su casa a ambos bandos. Cocía una porra enorme de frijoles para alimentar a los sandinistas y a los Contras que acudían en busca de alimentos. También vio pasar enormes vehículos de guerra, así como heridos y muertos. Además, esta mujer de 66 años, sintió pasar silbando las balas por su casa.

Bajita, pelo rizado, dicharachera, de rostro triste pero de sonrisa permanente, se inclina para mostrar cómo se protegía de las balas entre dos paredes de su casa. “Sentí horror”, menciona.

Hasta que un día varios miembros de la Contra la llevaron a interrogar a un campo alejado. “Me acusaban de ser sandinista”, dice. Le preguntaron durante horas para saber a quién apoyaba. Ella les repetía que no era “de nadie”. Para liberarla la obligaron a remendar 200 pantalones y hornearles pan.

Dice que fue una mujer “muy sufrida”. Tuvo tres hijos, uno de ellos muerto durante esos enfrentamientos entre sandinistas y Contras. Además crió a dos niños huérfanos de guerra.

Pero, Rosa Emilia es una mujer de no darse por vencida. “No soy renca, ni tuerta, yo sí puedo trabajar”, insiste. Aunque tenía temor y amenazas de que le volverían a quemar su casa, decidió radicar en esa comunidad de El Cuá.

Empezó a sembrar unos palitos de café y a organizarse con las otras mujeres beneficiadas por la Reforma Agraria para formar su propia cooperativa, pero en el pueblo les decían “las locas”.

En confianza habla sin parar, y de repente decide empezar a hablar de otras situaciones. Es una caja de sorpresas con cada afirmación. Como cuando asegura que en esos tiempos su exesposo quiso quitarle los títulos de propiedad para vender sus tierras, pero no se dejó. Y no solo eso, le ofreció a agarrarse a trompadas para defender lo suyo.

“Aquí nos vamos a matar, pero esto es de mis hijos”, le dijo. Aunque admite que en algún momento de su relación admitió que la golpearan, eso nunca lo volvió a permitir.

Rosa Emilia lo cumplió. Asegura orgullosa que en su vida ningún hombre le volvió a alzar la voz siquiera. Se divorció de inmediato. Ya después se volvió a casar con un excontra. Actualmente trabaja sembrando café en sus tierras junto con su familia y varios mozos que contrata para las temporadas de corte.

“Mi esposo es uno de mis mozos. Le pago 80 córdobas por el día de trabajo”, dice, mientras observa con complicidad a los que la escuchan. Se queda pensativa y luego suelta una carcajada.

De inmediato se pone seria, y agrega que también “le doy lo que mi corazón me dice”.

“Él es excontra, al principio me quería mandar. Yo también que me metí a las tapas del tigre. Pero después le fui demostrando que soy una mujer fuerte”, comenta.

Asegura sentirse orgullosa porque en su finca produce unos 75 quintales de café oro al año. Un café de calidad que ha ganado premios, porque se produce a 719 metros sobre el nivel del mar.

Luego vuelve a contar cuando empezaron a organizarse. Rosa Emilia y el resto de mujeres eran vistas de menos por los hombres productores de la Unión Nacional de Agricultores y Ganaderos, UNAG.

Las tenían de adorno en las reuniones. Ella dice que no las dejaban participar. Fueron tiempos difíciles también. Pero se fueron organizando y peleando por sus derechos. Vendían ropa usada en Jinotega para poder costear los viajes a las reuniones.

Incluso, después los mismos hombres le querían quitar sus tierras porque no estaban legalizadas. Se desesperó. Sintió de nuevo aquel temor de perder por lo que había trabajado tanto tiempo. Agarró un papel cualquiera, lo enrolló y se fue a gritarles que ella tenía sus papeles legales y que ningún “cabrón” le quitaría nada. Así la dejaron en paz.

Conoció a Martha Heriberta Valle, una mujer que se incorporó desde muy joven a la lucha guerrillera facilitando medios de transporte a los combatientes, y luego se trasladó a la montaña para organizar juntas comunitarias que acopiaban alimentos para los campamentos guerrilleros en el Norte del país.

“Fue una mujer que nos ayudó a organizarnos, pero también a demostrarle a los hombres que somos valiosas”, asegura Rosa Emilia.

Posteriormente, se fundó la Federación Agropecuaria de Cooperativas de Mujeres Productoras del Campo de Nicaragua, Femuprocan. Rosa Emilia se integró para buscar mejorar su producción hasta entonces artesanal.

Actualmente, es presidenta de la Cooperativa Santa Andrea y Darío. Están organizadas para buscar proyectos de siembra. Apuestan por una producción ecológica, sin uso de pesticidas.

Un grupo de mujeres que han cambiado sus vidas. “Tenemos nuestros propios recursos pero es un proceso en el que no podemos parar”, indica.

Los letreros abundan en la casa de Rosa Emilia. La cocina, la bodega, la zona de secado de café y el comedor de almuerzo de los peones. Ella muestra con orgullo cada rincón de su finca.

Las mujeres de la cooperativa llegan a visitarla constantemente, –dice Kenia Altamirano–, una de sus nietas.

No descansa. Anda de reunión en reunión, cuidando su finca, atendiendo a su familia, buscando apoyo para el resto de mujeres. Los cambios en su casa se notan. Rosa Emilia ha mejorado su vivienda.

“Yo me siento grande”, así describe la sensación que siente ante los cambios en su vida.

Con frecuencia, los vecinos la ven salir corriendo abrazada junto a Kenia en una moto rumbo al pueblo. Alguna reunión tendrá pendiente. Algo bueno vendrá seguramente.

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